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Porfirio Díaz, un estadista maquiavélico (Parte II)

Los vicios maquiavélicos

En este apartado, Maquiavelo deja entrever como debería ser la moralidad de su arquetipo para gobernante: “es necesario que todo príncipe que quiera mantenerse aprenda a no ser bueno, y a practicarlo o no de acuerdo con la necesidad […] porque si consideramos esto con frialdad, hallaremos que, a veces, lo que parece virtud es causa de ruina, y lo que parece vicio sólo acaba por traer el bienestar y la seguridad”.

Estas líneas marcan la pauta para legitimar una moralidad especial para los gobernantes, siempre en aras de alcanzar y mantener los principios fundamentales de la existencia de los estados: proporcionar seguridad y bienestar a los ciudadanos. Así, los príncipes están facultados bajo las reglas informales del arte de la política para mentir, asesinar, abusar y traicionar; “vicios sin los cuales difícilmente podría salvar el Estado”.

Dicho lo anterior, tanto Porfirio Díaz como su gobierno, poseen varios calificativos y conceptos que podrían ser catalogados como vicios, como lo son “dictadura y represión, abuso de la autoridad constitucional, proclericalismo y violación de la soberanía mexicana, […] archixenófilo y traidor”; pero que si los analizamos en su contexto, esos mismos vicios le permitieron sostener un régimen de larga duración con estabilidad y desarrollo, que para esos momentos, era fundamental para la sobrevivencia del Estado mexicano. Gracias a su gestión, después de muchos años de penurias hubo relativa tranquilidad en el territorio nacional y dejaron de existir las guerras totales —aunque hay que considerar las pequeñas revueltas y sublevaciones aisladas, y más en el primer cuatrienio de Díaz donde “estuvo de moda el levantarse en armas para pedir la vuelta de Lerdo de Tejada”. —, y en el plano económico, la situación financiera mejoró ampliamente, inclusive se alcanzó un superávit en las arcas nacionales por primera vez en la historia del México independiente en 1894 (claro está que son cuestionables los métodos con los cuales se alcanzó este logro).

Se dice que varias de las estrategias del gobierno porfiriano para alcanzar la tan anhelada paz política estuvieron asociadas con actos que incluían “la represión, la coerción, la intimidación y, en al menos un caso notorio ocurrido en Veracruz en 1879, el asesinato de los oponentes políticos [pero a su vez] estas prácticas autoritarias convivían [con tácticas relacionadas a] la mediación, la manipulación y la conciliación”. Inclusive así era visto por la comunidad internacional de la época, ya que Creelman afirmaba que el autoritarismo de Díaz había “convertido las masas guerreras, ignorantes, supersticiosas y empobrecidas de México, […] en una fuerte, pacífica y equilibrada nación que paga sus deudas y progresa”, a pesar de haber “derramado sangre, […] gobernado con mano de hierro, [y] negado los principios democráticos [manteniéndose] en funciones cuando deseaba retirarse”.

Don Porfirio actuó con tapujo entre lo teóricamente aceptado para un gobierno democrático y lo inmoralmente asociado con las dictaduras. A conveniencia según la ocasión, se condujo con mano delicada o con mano firme gracias a un sensible sentido de la intuición, sin dejarse llevar por las emociones irracionales: él así lo resumía con en una frase de su propia filosofía de vida: “en política, no tengo ni amores ni odios”.

Para clarificar este enunciado es pertinente traer a colación algunos sucesos en su trayectoria política a la sazón de la sedición y la insubordinación. Como ya se mencionó anteriormente, durante su primer mandato constitucional al frente de la presidencia, Díaz enfrentó varias revueltas, entre las cuales está el famoso caso del amotinamiento de militares a bordo del vapor Libertad en Veracruz en 1879, y la sublevación del siempre rebelde general Miguel Negrete, antiguo tuxtepecano, que se puso en abierta rebeldía a Díaz y su gobierno desde 1877, extendiéndose hasta 1886. 

En el primer caso, al tratarse de una rebelión lerdista, Díaz junto con el general Luis Mier y Terán, gobernador de Veracruz en ese momento, actuaron con firme violencia para erradicar el levantamiento fusilando de manera exprés a los amotinados; se dice que el telegrama cifrado que envío Díaz con las órdenes que debían seguirse contenía la frase “mátalos en caliente”, a lo cual Mier y Terán “actuó de inmediato, con la finalidad de un animal”; este es un claro ejemplo de la mano de hierro de Díaz a la cual hace alusión Creelman en su entrevista; pero también está el otro lado de la moneda.

Cuando se trató de la rebelión de Miguel Negrete, compañero suyo en la guerra contra la intervención francesa y aliado en la revolución tuxtepecana, Díaz actuó con más cautela y hasta cierto punto tolerante. No actuó de manera enérgica contra Negrete, por eso se puede inferir que duró casi diez años sin ser neutralizado, y cuando el ejército federal lo capturó en Puebla en el verano de 1886 y se inició un proceso judicial militar por el cargo de traición, a los meses siguientes el mismo presidente lo indultó, deshabilitándolo política y militarmente, permitiéndole que se retirara de la vida pública con la tranquilidad de no ser perseguido. Si Díaz hubiera sido un gobernante de completa naturaleza sanguinaria y represiva, le sobraban motivos para asesinar a Negrete, primero por haberlo traicionado tras el triunfo de la Revolución de Tuxtepec y segundo porque siempre sería una amenaza de insubordinación militar, pero él dejó a lado la pasiones, y decidió con inteligencia; le perdonó la vida a Negrete, se lo quitó de encima para siempre y se evitó un posible encontronazo innecesario con los antiguos generales tuxtepecanos, además de con la prensa opositora (aunque mínima) que seguramente hubiera criticado el acto represivo.

Crueldad y clemencia

En el gobierno de Díaz, la crueldad se hizo presente, aunque fundamentalmente en la primera etapa del Porfiriato, y conforme el régimen se fue haciendo viejo junto con su mandatario, los casos fueron disminuyendo, aunque hay notables excepciones como la represión obrera de Cananea en 1906 y Río Blanco en 1907, o el envío de presos yaquis para trabajar como esclavos en las plantaciones de Yucatán en 1900. Para don Porfirio la crueldad estaba justificada, ya que era necesaria para pacificar el país, y una vez en calma, fomentar el desarrollo económico.

El presidente lo confesó sin escrúpulos en su entrevista con Creelman; le dijo al periodista: “Éramos duros. Algunas veces, hasta la crueldad. Pero todo esto era necesario para la vida y el progreso de la nación. Si hubo crueldad, los resultados la han justificado con creces.” La violencia se aplicaba por igual tanto a sediciosos, —como lo vimos con los lerdistas en Veracruz—, como a contrabandistas y delincuentes; a estos últimos se les “aplicó sin miramientos el rifle sanitario contra las gavillas que infestaban los caminos. […] fueron tratados peor que criminales común y corrientes. La ley contra plagiarios y ladrones, de por sí muy severa, se aplicó sin miramientos […]”.

Maquiavelo está de acuerdo en que se aplique la crueldad con la finalidad de asegurar la estabilidad del Estado. Para eso nos comparte el ejemplo de César Borgia, quien “era cruel, [pero] fue su crueldad la que impuso el orden en la Romaña, la que logró su unión y la que la volvió a la paz y a la fe”. De la mano del ejército y de la policía rural, Díaz eliminó los focos rojos de insubordinación que ponían en riesgo la unión que estaba construyendo; él comentó que “fue mejor derramar un poco de sangre, para que mucha sangre se salvara. La que se derramó era sangre mala; la que se salvó, buena”.

Ante cualquier sospecha de revuelta, Díaz actuó con rapidez, incluso con revoluciones que aún no veían la gestación completa. En la época de sus dos primeras presidencias, el presidente afirmó que “vale más prevenir un desorden y cortar cualquier asonada que combatirla después que ha estallado”, pero también fue cauto en aplicar la clemencia, como ya lo vimos en un ejemplo anterior con Miguel Negrete, o incluso también cuando perdonó a Mariano Escobedo en su intentona de levantamiento popular que no vio la luz, y aun así hasta le concedió un puesto vitalicio en el Congreso para que dejara las armas de una vez por todas.

Con el paso de la madurez del régimen, como ya lo hemos comentado con anterioridad, el ejército fue aligerando su papel de cruel. Para los tiempos en que Bernardo Reyes manejaba los asuntos de Guerra y Marina, el ejército federal se mantuvo “bien vestido, bien alimentado, con buenas armas que supo lucirse en maniobras y desfiles y que perdió, por lo menos en parte, el prestigio de brutal. Fue un ejército de paz”.

Lamentablemente, la fama de Díaz, tanto en su época como en lo contemporáneo, las etiquetas de sádico y sanguinario hacen acto de presencia. En el afamado libro de Kenneth Turner, titulado México bárbaro, se señala a don Porfirio como “cruel y vengativo”, “severo y áspero, hasta brutal, en el trato a sus enemigos”, además hace la acusación de que “las muertes en gran escala […] se han llevado a cabo por órdenes de Díaz”. Pero al fin y al cabo esto en la lógica maquiavélica no tiene mucha importancia ya que “un príncipe no debe preocuparse porque lo acusen de cruel, siempre y cuando su crueldad tenga por objeto el mantener unidos y fieles a los súbditos; porque con pocos castigos ejemplares será más clemente que aquellos que, por excesiva clemencia, dejan multiplicar los desórdenes, causa de matanzas y saqueos que perjudican a toda una población […]”.

Ver la Parte I | Ver la Parte III

Nota: La mayor parte de la información del artículo, fue tomada de las obras de Daniel Cosío Villegas, Luis González y González y Luis Medina Peña que tienen sobre el Porfiriato.

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