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El desayuno en Tiffany no es lo que parece.

Breakfast at Tiffany’s se puede ver de dos maneras: como un reflejo idealizado del New York sesentero, con su imponente metrópolis, sus autos de orgullosa producción nacional, su sociedad aspiracional  y su “gente bonita”. Pero echando un vistazo profundo, El desayuno en Tiffany. no es lo que parece. Ni en título, ni en el fondo.

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De primera instancia, es una película tan norteamericana como podía llegar a ser con sus escenarios, su actriz principal, Audrey Hepburn (en el papel que la encumbró), la dirección de una de sus grandes figuras, Blake Edwards, su historia basada en la novela homónima de Truman Capote (con diferencias considerables) y su tema musical principal, la fantástica composición de Henry Mancini y Johnny Mercer, “Moonriver”. A todo esto, sólo le faltaría una rebanada de pay de manzana o una ilustración de Norman Rockwell.

En realidad, es una historia en la que no todo es lo que parece. No todo es tan glamoroso, ni tan perfecto, así como tampoco sus protagonistas son quienes aparentan ser.

La propia Hepburn encarna a Holly Golightly, una hermosa joven de personalidad dual y quien encanta  a todo aquel que la conoce. Sin embargo, Holly no debería ser un personaje que genere empatía, pues es egoísta, inmadura e irresponsable. La joven escapa de cualquier compromiso; en el fondo, trata de escapar de sí misma.

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La simbología de Desayuno en Tiffany es profunda, aunque no muy evidente, su naturaleza como comedia romántica le confiere una ligereza que toma por sorpresa de inicio al espectador. Esto podría ser a propósito, pues al comienzo nos atrapa la personalidad de Golightly y es con el tiempo que vamos descubriendo su verdadera esencia. Tal vez al mismo tiempo que ella. Su mismo apellido es una noción de su esencia: Go Lightly; o sea, que toma todo a la ligera.

Y, precisamente, la esencia es lo que generalmente se oculta en las distintas formas sociales, sobre todo aquellos que se proyectan con mayor frecuencia, en las que la imagen y los medios sobresalen. No existe ser humano que se muestre como es. Golightly somos todos y nadie en específico.

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La secuencia inicial de Breakfast at Tifanny’s habla por sí misma. Holly come un pan con café en la acera mientras observa la vitrina de la distinguida joyería. Se trata de alguien que busca, que desea, mientras satisface sus necesidades primarias con un distractor, un placebo, si bien es necesario. Al mismo tiempo, es en ese momento en el cual Holly se permite ser ella misma, sin tener que buscar satisfacer la imagen que se ha construido ella misma ante los demás.

Se escucha glamoroso, más el desayuno en Tifanny no puede ser más básico que eso.

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Todos tenemos secretos. Algunos se saben, otros se ocultan con éxito, otros simplemente se olvidan. Breakfast at Tifanny’s es una gran película, sencilla, divertida y con profundidad que refiere a todo ello. El resultado es tan bueno, que hizo de Audrey Hepburn una leyenda del cine.

El filme de Blake Edwards llegó a las salas de cine el 5 de octubre de 1961 por lo que cumple 60 años de haber sido estrenado.

Iñigo Pérez

25 años en medios de comunicación, seguidor del comic (desde antes de que fueran "cool"), de la música, de la televisión y del cine. El arte se expresa de muchas formas. Sólo tienes que descubrir la tuya.

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