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La La Land: Más que un musical.

No fue la ganadora del Oscar, pero tal vez debió haberlo sido. No por demeritar a Moonlight, que es un buen filme, más la producción de la que hoy hablamos también tiene sus aciertos. Y es que La La Land es más que un musical.

Fue durante la entrega número 89 de los Premios de la Academia de Estados Unidos en 2017 que, en un hecho inédito, se acreditó a La La Land como ganadora a Mejor Película. Cuando parte del elenco y la producción se encontraban festejando en el escenario, se dijo que era un error y entonces la presea fue entregada a Moonlight. Un hecho bizarro que no se aclaró del todo y que tuvo como punto central a Warren Beatty y Faye Dunaway. Sin embargo, se dice que la pifia provino por parte del equipo de producción de la ceremonia al entregar erróneamente los sobres.

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Pese a no ganar en la categoría de película, La La Land tuvo 14 nominaciones en total para dichos premios, la mayor de ese año, e igualando las marcas de All About Eve (1950) y Titanic (1997). De estos, obtuvo 6, la mayor cantidad de la noche. Emma Stone ganó como Mejor Actriz, mientras que Damien Chazelle (quien también escribió la historia), como Mejor Director. Merecidamente, el filme se adjudicó las preseas a Mejor Cinematografía, Diseño de Producción, Música Original y Canción Original.

Donde sí ganó Mejor Filme, fue en los premios británicos del cine, conocidos como BAFTA. Chazelle y Stone. En total, tuvo 11 nominaciones y 5 triunfos. Pero basta de premios.

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Los musicales suelen ser desestimados como entretenimiento fatuo, lo cierto es que muchos de ellos son excelentes propuestas artísticas y creativas. Por ello, revisemos tan sólo algunos aspectos de la que hoy recordamos.

La producción comienza de manera contundente, sin dejar a dudas de que se trata de un musical. Su tema introductorio es poderoso, así como su coreografía en una escala de tamaño considerable. Esta se desarrolla en lo que se supone es el segundo piso de una autopista. Durante 5 minutos con 20 segundos (tiempo que dura el tema musical “Another Day of Sun”), bailarines salen de sus carros, atorados en el tráfico y hacen la coreografía. Además de la gran cantidad de carros y bailarines, la proeza de montar todo el número con el movimiento de una sola cámara, es loable.

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Así suele trabajarse un musical para cine. La cámara es otro personaje -muchas veces el central-, aunque debe pasar desapercibido. Las coreografías pueden montarse alrededor de la cámara.

En La La Land, después de transcurrida la explosión musical y la algarabía de los conductores, esta termina abruptamente; todos entran a sus autos para dar inicio –ahora sí- a la historia después de que ha aparecido el título del filme sobre una toma panorámica de la autopista, recordando producciones similares de los años 50. Cuando la cámara tildea hacia abajo, dos automóviles han sido acomodados estratégicamente, los pertenecientes a  los personajes de Ryan Gosling y Emma Stone que habrán de tener un primer y ríspido encuentro.

Para todo esto, apenas han transcurrido 7 minutos del filme.

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La La Land es una historia original, llena de simbolismos y en la que se utilizan diversos lenguajes, subliminales y directos.

Los colores suelen ser básicos, primarios, así como parte del mensaje que la cinta desea transmitir: la pureza y simpleza de las emociones. Aunque estas sean confusas, pueden ser destiladas hacia una mínima expresión. Tanto vestuarios como escenarios, hacen uso de esta paleta, la cual ayuda a evocar tiempos pasados, cuando el musical era una constante en Hollywood. Azules, verdes, amarillos, rojos, generando combinaciones y contrastes.

La cámara, como mencioné arriba, es primordial. Claro, en todos los filmes lo es. En este caso, atrapa con sus movimientos, es una herramienta usada por los actores para enviar sus mensajes de manera directa, como una parte más de su cuerpo.

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Las escenas transcurren entre planos secuencia largos, a menudo sin intercortes; hay varios  acercamientos que van de la cámara abierta o un plano americano, hasta llegar al close up extremo, al tiempo que los personajes han hecho largo viaje por distintas emociones. Y es que para mostrar el caos, se debe tener orden.

La historia es de amor y a la vez de aspiraciones. Mia (Emma Stone) es una aspirante a actriz de cine que conoce a Sebastian (Ryan Gosling), pianista de jazz y quien desea abrir su propio club nocturno con el deseo de no dejar morir al género. Después de un par de fallidos encuentros, se conocen y aunque sus caminos no coinciden del todo, se enamoran y llegan a luchar por un fin común. No obstante, la vida difícilmente se desarrolla como un musical.

Para lograr sus objetivos, Mia y Sebastian deben realizar actividades menos que motivadoras.

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Durante dos horas, que para ellos es un año (y mucho más), harán lo imposible por realizar sus sueños. Es un relato de elecciones y sus resultados. De coincidencias y bifurcaciones.

Los juegos de iluminación, así como la cámara que se mueve con astucia para llegar a sus marcas (y su foco), así como lo hacen los actores a sus posiciones determinadas, son teatrales y cinematográficos. A menudo, los podemos ver terminar en un reflector central.

Las canciones y el score son pegajosos y muy agradables al oído. En ocasiones, los temas son protagonistas; en otras, casi parte del subconsciente del personaje. La banda sonora ofrece una gran gama de temas y emociones. La música fue creada por Justin Hurwitz (Whiplash) y las letras, por Benj Pasek y Justin Paul (El gran showman). Las composiciones son tan buenas, que pueden escucharse de manera independiente al filme.

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Además de las buenas actuaciones de Gosling y Stone, apreciamos las de J.K. Simmons (quien ya había trabajado con Chazelle en Whiplash) y la de John Legend, quien además de participar como uno de los personajes, colabora con un tema musical.

La ambientación, entre moderna y antigua, da la sensación de una historia atrapada en el tiempo, dentro de una burbuja autónoma del resto del mundo. Los decorados y locaciones, varían considerablemente de un momento a otro. A veces son realistas, a veces son como recuerdos ensalzados por el tiempo, en otros, totalmente ficticios. A final de cuentas, un musical es tan falso como una cinta de acción, del espacio o de fantasía.

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Ya para ir dando cierre a esto, la dirección de Damien Chazelle se mantiene en un muy alto nivel. Pese a no tener una larga carrera (el también guionista es muy joven aún), cuenta con buenos filmes, como la antes mencionada Whiplash en sus dos versiones, la corta de 2013 y el remake hecho por él mismo al año siguiente, con J.K. Simmons, Miles Teller y Melissa Benoist haciendo excelentes interpretaciones (Simmons ganó el Oscar y el BAFTA como Actor de Reparto). Ambas historias, La La Land y Whiplash, fueron escritas por Chazelle. Actualmente, el director de 36 años prepara Babylon -para estrenar a finales de 2022-, con Brad Pitt y Margot Robbie.

El musical del que hoy hablamos es, aparentemente, un filme sencillo; no obstante, ese es el propósito, ser digerible y directo en lo que realmente es un trabajo de horas, días y meses de preparación.

La La Land es una celebración a la nostalgia, a los musicales, a la vida, su amor, romanticismo y realidades. Todo, por medio de imágenes y notas, con su pop, su tap, sus valses y todo ese jazz.

Se cumplen 5 años de La La Land y una de sus ideas sigue siendo clara: a veces los sueños pueden diferir de los objetivos, ¿Qué tan dispuestos estamos a hacerlos empatar…?

Iñigo Pérez

25 años en medios de comunicación, seguidor del comic (desde antes de que fueran "cool"), de la música, de la televisión y del cine. El arte se expresa de muchas formas. Sólo tienes que descubrir la tuya.

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