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El uso de la “ciencia” como arma discursiva

Las narrativas políticas son prácticamente omnipresentes. Son la expresión viva de la ideología. Filtran la forma de percibir la realidad y moldean la manera en que se describe y comparten los hechos. 

Un cometa es un hecho. La narrativa política, desde la antigüedad, le asigna un valor, ya sea como una señal esperanzadora -como la estrella de Belén- o de mal agüero, como hacían los mexicas. 

La narrativa política califica y asigna roles. En ella siempre habrá un antagonista, generador de conflicto al que un protagonista ha de vencer. 

El conocimiento científico, cuyo afán es la objetividad, la sistematización y la replicabilidad, debería ser uno de los pocos campos ajenos a la narrativa política. 

Aun así, es imposible desprender la generación de conocimiento científico de la subjetividad humana. Desde el momento en que se elige un tema de investigación sobre otro, entra el factor humano. 

Sin embargo, en tiempos de pandemia, el discurso que apela a la ciencia se ha usado con frecuencia como arma arrojadiza, como ladrillo en resortera que se puede lanzar al adversario político. 

Lamentablemente también hay personas de ciencia que usan sus credenciales para darle verosimilitud a los discursos políticos. 

Los discursos políticos simplifican la realidad -harto compleja y con infinitas variables- y eso los hace como un virus: muy replicables entre quienes no están versados en las formalidades de una investigación científica. 

Tal es el caso de Laurie Ann Ximénez-Fyvie, una científica en el campo de la Odontología que ha publicado un libro en el que, desde la portada, se construye una narrativa política. 

El antagonista -Hugo López-Gatell Ramírez- llena la portada, en un fondo y tipografía propia de un filme de terror. El título del libro hace explícito el rol de antagonista asignado: un criminal. 

La autora, sin duda, tiene derecho de escribir y difundir sus ideas, es un derecho constitucional. 

Lo que puede ser cuestionable, desde el ámbito académico, es el uso de sus credenciales como Doctora en Ciencias Médicas por Harvard, Jefa del Laboratorio de Genética de la UNAM, Profesora e Investigadora de Microbiología, para abonar una narrativa política. 

Poner en la picota a un servidor público para explicar la situación actual es un ejercicio legítimo de narrativa política, es un ejercicio de rendición de cuentas en el campo de la política, pero está lejos del rigor metodológico que implica el método científico. 

Una tesis académica que explique con rigor los niveles de contagios y muertes que han prevalecido en México necesariamente tiene que incluir todos los factores del contexto. 

De inicio, los estudios serios han demostrado que la edad y las comorbilidades son factor en la gravedad y la mortalidad por Covid: diabetes, obesidad, enfermedades cerebrovasculares. 

Un estudio reciente del Banco Interamericano de Desarrollo (BID) revela una correlación entre hacinamiento, informalidad laboral y acceso al agua potable como factores que aumentan la mortalidad de los adultos jóvenes en América Latina frente a los grupos de edad similares pero de países desarrollados. 

¿Hará la científica Ximénez-Fyvie un libro donde con igual vehemencia condene a los causantes de la informalidad laboral, el hacinamiento, la prevalencia de diabetes, como creadores del caldo de cultivo de la tragedia que actualmente vivimos? 

Lo dudo. Su papel en una de las narrativas políticas que circulan en el ámbito nacional es claro.

Gabriel Morales López

Periodista por la UAQ. Master en Periodismo por El Mundo y Universidad San Pablo CEU, becario de la Fundación Carolina 2005-2006. Colaborador en Imagen Querétaro, 94.7 FM.

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